Cuando hablar cuesta el trabajo: acoso sexual, silenciamiento y poder en el periodismo colombiano

El reciente caso de acoso sexual denunciado por periodistas en Colombia —y las respuestas institucionales que han seguido— no solo expone hechos graves, sino que permite visibilizar algo más profundo: las condiciones estructurales que han permitido que esta violencia exista, se sostenga y se silencie durante años.

El problema no es nuevo. Lo que sí resulta significativo en el momento actual es que está siendo nombrado colectivamente, rompiendo una lógica histórica de aislamiento que ha caracterizado la experiencia de muchas mujeres en el campo mediático. Cuando múltiples voces emergen al mismo tiempo, lo que antes podía leerse como situaciones individuales comienza a revelarse como parte de un patrón.

En efecto, las denuncias recientes muestran con claridad que el acoso no ocurre en el vacío, sino en el marco de relaciones de poder profundamente jerarquizadas. Se trata de situaciones en las que intervienen figuras con capacidad de decisión, donde las instituciones reaccionan de forma tardía o insuficiente, y donde las consecuencias recaen de manera desproporcionada sobre quienes denuncian. En este sentido, no estamos frente a conductas desviadas, sino ante un sistema en el que el poder masculino ha sido históricamente naturalizado dentro de las redacciones. El acoso, por tanto, no es una anomalía del sistema, sino una expresión de su funcionamiento.

Comprender este fenómeno exige también detenerse en el papel del silencio. Lejos de ser una simple ausencia de palabra, el silencio constituye una forma activa de violencia, una tecnología de poder que protege a los agresores y sostiene el orden existente. Este silencio no se produce de manera espontánea, sino que se construye en contextos donde denunciar implica riesgos concretos: pérdida del empleo, descrédito profesional, cuestionamientos públicos sobre la credibilidad y la reputación. En sociedades patriarcales, las mujeres no solo enfrentan la violencia, sino también un entramado discursivo que pone en duda su palabra, generando condiciones en las que hablar se vuelve costoso y callar aparece como una forma de supervivencia.

En este punto, resulta clave reconocer que la violencia no opera únicamente en su dimensión física o explícita. Existen formas más sutiles, pero igualmente eficaces, como la violencia simbólica, que no necesita imponerse mediante la fuerza directa porque ya ha instalado las condiciones para que las mujeres duden de sí mismas, minimicen lo ocurrido o se retiren del espacio público. Este tipo de violencia se manifiesta en prácticas cotidianas de deslegitimación, en la constante sospecha sobre la objetividad de las periodistas y en la tendencia a reinterpretar sus denuncias como conflictos personales o exageraciones.

Lo que está en juego, entonces, no es solo la integridad de las mujeres periodistas, sino algo más estructural: el control sobre la palabra y la legitimidad de las voces en el espacio público. Cuando una periodista denuncia o adopta una posición crítica, lo que muchas veces se activa no es solo una reacción frente al contenido de su discurso, sino frente a su derecho mismo a enunciar. En estos casos, el foco se desplaza: el problema deja de ser la violencia y pasa a ser la mujer que la nombra. Así, se produce una inversión que permite sostener el orden existente mientras se desactiva la crítica.

En este contexto, lo que hoy está ocurriendo en Colombia no puede leerse únicamente como una serie de denuncias, sino como la fractura de un régimen de silenciamiento. Cuando las mujeres comienzan a hablar de manera colectiva, se desestabilizan las jerarquías que organizaban el campo mediático, se disputa el control del relato y se amplían los límites de lo decible. El paso de lo individual a lo colectivo transforma el sentido mismo de la experiencia: lo que antes se vivía en soledad se reconoce ahora como parte de una estructura.

Por eso, este momento no solo interpela al periodismo como campo profesional, sino a la sociedad en su conjunto. Porque cuando hablar cuesta el trabajo, lo que está en juego no es únicamente una trayectoria individual, sino la posibilidad misma de participar en la construcción de lo público. Y allí donde ciertas voces son sistemáticamente silenciadas, la democracia no solo se empobrece: se vuelve incompleta.

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