Hablar de género y poder es hablar de las formas visibles e invisibles en que se organiza la vida social. El género no es solo una identidad, una categoría o una experiencia individual; es también una relación de poder que atraviesa los cuerpos, los discursos, las instituciones, los afectos, las leyes, los medios de comunicación y las formas en que aprendemos a habitar el mundo.

Como feminista, entiendo que el género no puede pensarse separado del poder, porque las desigualdades no ocurren por accidente. Se construyen históricamente, se repiten culturalmente y se legitiman a través de discursos que nos dicen qué cuerpos valen más, qué voces merecen ser escuchadas, qué vidas son protegidas y cuáles pueden ser expuestas, violentadas o silenciadas.

El poder opera cuando se naturaliza que las mujeres cuiden más, ganen menos, hablen con menos autoridad o sean juzgadas con mayor dureza. Opera cuando los cuerpos feminizados son convertidos en territorios de disputa, control o castigo. Opera cuando una mujer que toma la palabra pública recibe violencia, descrédito o amenazas. Opera también cuando los medios reproducen estereotipos, cuando las instituciones minimizan las violencias o cuando el lenguaje presenta como “normal” aquello que en realidad es profundamente desigual.

Desde mi lugar como investigadora de género y analista del discurso, me interesa mirar cómo el poder se inscribe en las palabras. Los discursos no son neutrales: producen sentidos, ordenan jerarquías, habilitan violencias y también pueden abrir posibilidades de resistencia. Por eso, analizar género y poder implica preguntarse quién habla, desde dónde habla, a quién se escucha, qué se calla y qué narrativas se vuelven dominantes.

Para mí, género y poder también son una puerta para pensar la interseccionalidad. No todas las mujeres viven las desigualdades de la misma manera. La clase, la raza, la migración, la edad, la orientación sexual, el territorio y la condición económica transforman las formas en que el poder se ejerce sobre los cuerpos y las vidas. Por eso, no me interesa hablar de “la mujer” como una categoría única, sino de mujeres situadas, diversas, atravesadas por historias, violencias y resistencias distintas.

Pensar género y poder es, entonces, disputar los modos en que se produce conocimiento. Es cuestionar las categorías heredadas, revisar quiénes han sido históricamente autorizados a nombrar el mundo y construir otras formas de leer la realidad desde los feminismos, la memoria, los derechos humanos y las experiencias latinoamericanas.

Pero también es reconocer que donde hay poder, hay resistencia. Las mujeres y los feminismos no solo han sido objeto de dominación; también han producido lenguajes, luchas, saberes, redes y formas de transformación social. Han disputado las calles, las leyes, las aulas, los medios, las plataformas digitales y los sentidos comunes.

Para mí, género y poder es una pregunta permanente por la justicia. Es una forma de mirar críticamente las estructuras que sostienen la desigualdad, pero también una apuesta por imaginar otros vínculos, otras narrativas y otras formas de vida. Desde allí investigo, escribo y enseño: desde la convicción de que nombrar el poder es el primer paso para transformarlo