Para mí, la perspectiva decolonial es una forma de mirar el mundo desde sus heridas históricas y desde sus resistencias. Como feminista, investigadora de género y analista del discurso, entiendo lo decolonial como una apuesta ética, política y epistemológica por cuestionar las formas en que el poder ha definido qué vidas importan, qué voces son legítimas, qué conocimientos son reconocidos y qué cuerpos han sido históricamente silenciados.
Pensar desde una perspectiva decolonial implica reconocer que las desigualdades de género no pueden analizarse de manera aislada. Están atravesadas por la historia colonial, el racismo, la clase, la migración, la heterosexualidad obligatoria, la explotación económica y las jerarquías culturales que aún organizan nuestras sociedades. Por eso, mi mirada feminista no parte de una idea universal de “mujer”, sino de las experiencias situadas de mujeres diversas: migrantes, racializadas, populares, latinoamericanas, precarizadas, disidentes, silenciadas o convertidas en objeto de discursos ajenos.
Como investigadora de género, la perspectiva decolonial me permite preguntarme no solo qué violencias viven las mujeres, sino también quién las nombra, desde dónde se las interpreta y con qué categorías se las explica. Me interesa desmontar aquellas formas de conocimiento que hablan sobre las mujeres sin escucharlas, que traducen sus experiencias desde marcos ajenos o que convierten sus luchas en datos, cifras o relatos despolitizados. Investigar, desde este lugar, no es observar desde la distancia, sino asumir una responsabilidad frente a las historias, memorias y cuerpos que hacen posible el conocimiento.
Desde el análisis del discurso, lo decolonial es fundamental porque el poder también se reproduce en el lenguaje. Las palabras clasifican, jerarquizan, excluyen y legitiman violencias. Los discursos mediáticos, políticos, institucionales y digitales no solo describen la realidad: también la producen. Por eso, analizar el discurso desde una perspectiva decolonial significa preguntarse qué narrativas sostienen la desigualdad, qué sentidos se naturalizan, qué silencios se repiten y qué voces quedan fuera del relato dominante.
Para mí, la perspectiva decolonial no es una moda académica ni una etiqueta teórica. Es una práctica de sospecha frente a los discursos hegemónicos y una invitación a construir conocimiento desde América Latina, desde los feminismos interseccionales, desde la memoria y desde las luchas colectivas. Es también una forma de incomodar las certezas, de revisar nuestros propios privilegios y de abrir espacio a otras maneras de narrar, investigar y transformar.
En mi trabajo, esta perspectiva dialoga con la comunicación, el género, la violencia digital, los discursos de odio, las narrativas mediáticas, la memoria y los derechos humanos. Me permite comprender que las violencias actuales no son hechos aislados, sino parte de estructuras históricas que siguen disputando el control sobre los cuerpos, las voces y las vidas de las mujeres.
Asumir una mirada decolonial es, para mí, insistir en que no hay justicia de género sin justicia epistémica. No basta con incluir a quienes fueron excluidas; también es necesario transformar las formas en que producimos conocimiento, contamos la historia y construimos sentido. Desde allí escribo, investigo y enseño: desde la convicción de que otra comunicación es posible, una comunicación capaz de escuchar, reparar, disputar y abrir mundos más justos.