Hay una tristeza profunda recorriendo América Latina. No es una tristeza ingenua ni una nostalgia romántica por un pasado que nunca fue del todo justo. Es una tristeza política. Una tristeza que nace de ver cómo, una y otra vez, nuestros pueblos parecen empujados a elegir entre el miedo y el castigo, entre la promesa de orden y la renuncia a la ternura, entre la rabia social y quienes saben convertir esa rabia en autoridad, persecución y exclusión.
Empiezo por Colombia, porque me duele. Porque ver el ascenso de Abelardo de la Espriella no es solo observar el triunfo de un candidato de derecha; es mirar cómo una sociedad herida por la violencia, la desigualdad, el narcotráfico, la guerra y el desencanto puede ser convocada nuevamente desde el lenguaje de la mano dura. Es ver cómo el miedo se transforma en proyecto político. Cómo la promesa de seguridad puede desplazar las preguntas por la justicia, la memoria, la paz y la reparación.
Colombia sabe demasiado bien lo que ocurre cuando la política se organiza alrededor del enemigo. Sabe lo que significa nombrar a unos cuerpos como peligrosos, a unas voces como ilegítimas, a unas vidas como descartables. Por eso duele. Porque no se trata únicamente de una elección, sino de una disputa por el sentido de país: qué tipo de democracia queremos, qué lugar tendrán los derechos humanos, qué pasará con quienes históricamente han puesto el cuerpo en las luchas sociales, feministas, territoriales, campesinas, indígenas, afrodescendientes y populares.
Después miro a Perú y la tristeza se vuelve cansancio. Perú parece atrapado en una crisis que no termina de cerrarse nunca: presidentes que caen, congresos que capturan la vida institucional, élites que sobreviven a cada derrumbe y una ciudadanía obligada a vivir entre la desconfianza, la precariedad y el hartazgo. Allí también aparece una pregunta dolorosa: ¿qué pasa con la democracia cuando las instituciones dejan de cuidar y se convierten en máquinas de desgaste, bloqueo y supervivencia?
Lo que ocurre en Perú no puede leerse solo como inestabilidad. Es también el síntoma de una región donde la representación política se ha roto, donde amplios sectores sociales ya no encuentran en el Estado una promesa de dignidad, sino una estructura lejana, corrupta o directamente hostil. Y cuando la democracia se vacía de contenido social, cuando no responde al hambre, a la inseguridad, a la violencia y a la desigualdad, las derechas autoritarias encuentran terreno fértil para ofrecer respuestas simples a dolores muy complejos.
Luego está Chile, con Kast, y Argentina, con Milei. Dos nombres distintos, dos historias nacionales diferentes, pero una misma sensibilidad política que se expande: la de una derecha que se presenta como rebelde, que dice venir a romperlo todo, pero que muchas veces termina restaurando viejas jerarquías. Una derecha que habla de libertad mientras reduce lo común; que habla de orden mientras señala enemigos; que habla de mérito mientras desconoce las desigualdades históricas; que habla de patria mientras expulsa de esa patria a quienes no encajan en su modelo de ciudadanía.
El retorno de las derechas al poder en América Latina no es un accidente. Es el resultado de muchas frustraciones acumuladas: la inseguridad cotidiana, la inflación, la corrupción, la incapacidad de algunos progresismos para sostener esperanza, la distancia entre los discursos emancipadores y la vida concreta de quienes no llegan a fin de mes. Pero también es el resultado de una maquinaria cultural muy eficaz, capaz de convertir el miedo en sentido común y la crueldad en virtud política.
Como feminista, esto me preocupa especialmente. Porque cuando avanzan las derechas más autoritarias, lo primero que se pone en disputa son los cuerpos, los derechos y las voces de las mujeres, las disidencias, las personas migrantes, racializadas y empobrecidas. Se ataca la educación sexual, se ridiculiza la perspectiva de género, se desfinancian políticas de cuidado, se relativizan las violencias y se reinstala la idea de que reclamar derechos es un exceso, una amenaza o un privilegio.
También me preocupa como investigadora del discurso. Porque estos proyectos políticos no llegan solo con programas de gobierno; llegan con palabras. Con insultos. Con simplificaciones. Con épicas de guerra. Con enemigos internos. Con burlas a la memoria. Con discursos que convierten la desigualdad en culpa individual y la violencia estatal en solución. Llegan disputando el lenguaje para disputar la realidad.
La tristeza que deja este momento latinoamericano no es pasividad. No es rendición. Es una tristeza lúcida. La tristeza de saber que los derechos nunca están garantizados, que la democracia puede vaciarse por dentro, que la memoria puede ser atacada, que los feminismos pueden ser convertidos en chivo expiatorio, que la justicia social puede ser reemplazada por discursos de castigo.
Pero también sabemos algo más: América Latina no es solo sus derechas. América Latina es también sus madres buscando a sus hijos, sus mujeres marchando, sus estudiantes en las calles, sus comunidades defendiendo territorios, sus periodistas resistiendo, sus docentes enseñando pensamiento crítico, sus pueblos insistiendo en la memoria. América Latina es dolor, sí, pero también es una historia larga de desobediencias.
Por eso, frente al retorno de las derechas al poder, no alcanza con indignarse. Hay que volver a escuchar. Volver a construir lenguaje. Volver a disputar sentidos. Volver a preguntarnos por qué tantas personas encuentran más respuesta en la promesa de castigo que en la promesa de igualdad. Hay que revisar nuestras propias derrotas, nuestros silencios, nuestras distancias.
La tristeza, entonces, puede ser también una forma de conciencia. Una manera de mirar de frente lo que está pasando sin maquillarlo. América Latina vuelve a entrar en una zona oscura, pero no está escrita de antemano. Si todo proyecto autoritario empieza disputando el miedo, toda resistencia democrática empieza recuperando la palabra, el cuidado, la memoria y la posibilidad de imaginar un futuro que no esté organizado por el odio.