Ideología de género entre el fantasma político y la realidad

Qué significa esta expresión qué pretende hacernos creer y por qué importa discutirla

Por Natalia Henao | Crítica y Género

“Quieren borrar a las mujeres”. “Buscan destruir la familia”. “Pretenden confundir a los niños”. “Niegan la biología”. Estas frases se repiten cada vez que alguien menciona la llamada “ideología de género”. Suenan alarmantes y hacen pensar que existe un plan organizado para transformar la sociedad. Pero ¿qué hay realmente detrás de esa expresión? No una doctrina con principios y objetivos comunes, sino una etiqueta política que reúne debates distintos y los convierte en una sola amenaza.

Lo que sí existe es un campo amplio y diverso de estudios de género, teorías feministas, políticas de igualdad, educación sexual y demandas de las personas LGBTIQ+. También existe un movimiento político que toma todos esos asuntos, elimina sus diferencias y los presenta como una única amenaza. Allí se encuentra la verdadera eficacia de la expresión “ideología de género”: no explica una realidad; fabrica un adversario.

Comprender esta operación resulta indispensable porque las palabras nunca son inocentes. No solo describen el mundo: lo clasifican, establecen qué merece confianza y deciden quién debe ser visto como peligroso. Por eso conviene preguntarnos qué se esconde detrás de esta etiqueta, qué es realmente el enfoque de género y cuáles son los intereses políticos de convertirlo en un fantasma.

El género no es una doctrina

En las ciencias sociales, el género es una categoría de análisis. Sirve para estudiar cómo las sociedades asignan características, responsabilidades y expectativas diferentes a las personas según sean identificadas como mujeres u hombres. También permite observar cómo esas clasificaciones distribuyen poder, reconocimiento, trabajo, tiempo, seguridad y recursos.

Joan W. Scott, una de las historiadoras más influyentes en este campo, explicó que el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales y una forma primaria de significar el poder. La idea es sencilla, aunque sus implicaciones sean profundas: las diferencias corporales existen, pero no contienen por sí mismas una instrucción sobre quién debe gobernar, cuidar, obedecer, ganar más dinero o renunciar a su proyecto personal.

Judith Butler profundiza esta idea al señalar que el género no es simplemente algo que somos, sino también algo que aprendemos y reproducimos mediante normas, comportamientos y expectativas sociales. Desde la infancia se nos enseña cómo debe comportarse una mujer o un hombre, qué emociones puede expresar, qué apariencia debe tener y qué lugar le corresponde ocupar. La repetición cotidiana de esas normas hace que parezcan naturales, aunque hayan sido construidas socialmente.

Esto no significa que cada persona elija libremente su género como quien elige una prenda de vestir. Butler sostiene, por el contrario, que actuamos dentro de normas que ya existían antes de nuestro nacimiento y que influyen en la manera en que comprendemos nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestras posibilidades de vida. Sin embargo, como esas normas necesitan repetirse constantemente, también pueden ser cuestionadas y transformadas.

Podemos observarlo en la vida cotidiana. Las diferencias corporales no determinan quién debe ocupar los espacios de poder, asumir las tareas de cuidado, expresar determinadas emociones o renunciar a su proyecto personal. Son las normas sociales las que convierten esas diferencias en expectativas, obligaciones y jerarquías. Cuando estas normas se repiten durante generaciones, terminan pareciendo naturales, aunque sean el resultado de procesos históricos, culturales y políticos.

Por eso el enfoque de género no niega la biología. La Organización Mundial de la Salud distingue el sexo, relacionado con características biológicas y fisiológicas, del género, que comprende normas, comportamientos, funciones y relaciones construidas socialmente. Ambos aspectos se relacionan, pero no son idénticos. Analizar esa relación no significa borrar el cuerpo; significa evitar que el cuerpo sea utilizado como justificación automática de la desigualdad.

El enemigo que la etiqueta necesita construir

La expresión “ideología de género” opera de otra manera. En lugar de discutir una teoría, una política o un contenido educativo concreto, reúne fenómenos diferentes bajo una sola denominación. Feminismo, aborto, educación sexual, matrimonio igualitario, identidad de género, organismos internacionales y políticas contra la violencia aparecen como partes de un mismo plan.

La politóloga Elizabeth S. Corredor ha mostrado que esta expresión funciona como una estrategia de los contramovimientos antigénero: permite enfrentar avances feministas y LGBTIQ+ mediante la creación de un adversario común. Roman Kuhar y David Paternotte, al estudiar las campañas antigénero, encontraron repertorios que circulan entre países y se adaptan a cada contexto. La infancia, la familia, la nación y la religión son representadas como bienes amenazados que deben ser defendidos con urgencia.

La etiqueta resulta eficaz precisamente porque es imprecisa. No necesita demostrar que todas las personas feministas piensan igual, que existe una autoridad central o que los estudios de género comparten un único programa. Su vaguedad es una ventaja: permite incluir cualquier transformación social que cuestione el orden sexual y familiar tradicional.

Así se construye una amenaza total: primero se agrupan debates distintos; luego se les atribuye una intención oculta; finalmente se presenta toda respuesta de igualdad como parte de la conspiración.

Lo que pretende que creamos

Cuando se habla de “ideología de género”, generalmente se intenta instalar cinco ideas. La primera es que los estudios de género niegan la existencia del sexo. La segunda, que buscan eliminar las diferencias entre mujeres y hombres. La tercera, que pretenden inducir identidades u orientaciones sexuales. La cuarta, que la educación sexual es una forma de adoctrinamiento. La quinta, que el reconocimiento de familias diversas implica destruir la familia.

Ninguna de estas afirmaciones describe con fidelidad un programa académico o una política homogénea. Reconocer que los roles de género cambian según la época y la cultura no elimina las diferencias corporales. Informar sobre sexualidad y enseñar a reconocer situaciones de abuso no determina la orientación sexual de una niña o un niño. Proteger jurídicamente a familias diversas no impide que otras personas formen familias heterosexuales. Ampliar un derecho no obliga a todas las personas a ejercerlo de la misma manera.

Aquí aparece una inversión discursiva importante. La igualdad es presentada como imposición, mientras que las normas tradicionales aparecen como simples expresiones de la naturaleza. Sin embargo, también existe una posición ideológica cuando se afirma que solo hay una familia legítima, que las mujeres poseen una vocación natural para cuidar o que ciertas identidades deben permanecer invisibles.

La ideología siempre parece ser la del otro

Desde el Análisis Crítico del Discurso, llamar “ideología” únicamente al pensamiento ajeno es una forma de poder. Norman Fairclough sostiene que el discurso es una práctica social: las palabras intervienen en la construcción de relaciones, instituciones y jerarquías. Teun van Dijk explica que las ideologías suelen organizar una polarización entre un “nosotros” presentado de manera positiva y un “ellos” descrito como amenazante o inmoral.

La expresión “ideología de género” reproduce exactamente esa estructura. De un lado coloca a quienes supuestamente defienden la familia, la inocencia y la naturaleza. Del otro ubica a feministas, docentes, activistas y personas LGBTIQ+ como agentes de corrupción. El desacuerdo político deja entonces de tratarse como un conflicto democrático entre perspectivas y se convierte en una lucha moral entre el bien y el mal.

Esta transformación tiene consecuencias. Si el adversario no es alguien con quien se discute, sino alguien que amenaza a los niños y destruye la sociedad, cualquier diálogo parece inútil y cualquier restricción puede presentarse como legítima. El lenguaje de protección habilita así políticas de exclusión, censura educativa y retroceso de derechos.

Qué busca realmente el enfoque de género

Como herramienta de investigación, el enfoque de género busca comprender cómo se producen las desigualdades. Como instrumento de política pública, pregunta si una ley, un presupuesto o un servicio afectan de manera diferente a mujeres y hombres, y si reproducen discriminaciones contra personas con identidades diversas.

La incorporación transversal de la perspectiva de género, impulsada internacionalmente desde la Conferencia de Beijing, propone evaluar las consecuencias de las decisiones públicas para que la desigualdad no se perpetúe. Su finalidad explícita no es uniformar a las personas, sino alcanzar la igualdad.

Este enfoque permite analizar, por ejemplo, por qué las mujeres realizan una parte desproporcionada del trabajo de cuidado; por qué determinadas políticas de transporte no contemplan sus recorridos cotidianos; por qué una mujer que denuncia violencia encuentra barreras institucionales; o cómo los mandatos rígidos de masculinidad perjudican también a los hombres al desalentar la expresión emocional y la búsqueda de ayuda.

No impone una única manera de vivir. Busca que ninguna persona esté obligada a seguir un destino social por haber nacido con determinado cuerpo, expresar una identidad particular o amar a alguien de su mismo sexo.

Un campo plural también puede discutirse

Afirmar que la “ideología de género” es una construcción política no significa declarar que toda política de género es correcta o que el campo está libre de controversias. Dentro de los feminismos y los estudios de género existen discusiones intensas sobre el cuerpo, la identidad, la sexualidad, la raza, la clase, la colonialidad y el sujeto político. Butler no plantea lo mismo que Scott; las perspectivas decoloniales han cuestionado límites de las teorías europeas y norteamericanas; los feminismos latinoamericanos tampoco constituyen una voz única.

Esa diversidad confirma que no estamos frente a un catecismo. Las políticas públicas pueden diseñarse mal, aplicarse de forma insuficiente o producir efectos no previstos. Deben evaluarse con evidencia, argumentos y participación democrática. La crítica rigurosa pregunta qué propone una medida concreta, qué problema busca resolver, qué derechos protege y cuáles son sus resultados. La etiqueta “ideología de género”, en cambio, condena el conjunto antes de examinar cualquiera de sus partes.

Una disputa que también es democrática

En distintos países, la lucha contra la supuesta “ideología de género” ha servido para reunir sectores religiosos, organizaciones conservadoras y fuerzas de derecha radical. Agnieszka Graff y Elżbieta Korolczuk relacionan esta movilización con proyectos populistas que presentan la igualdad como una imposición de élites extranjeras y se proclaman representantes del pueblo auténtico.

Judith Butler propone pensar el género como un fantasma sobre el que se proyectan miedos sociales diversos. Un fantasma no necesita ser coherente: basta con que concentre ansiedades sobre los cambios familiares, la pérdida de autoridad, la sexualidad, la educación y el futuro. Al ofrecer un culpable reconocible, permite desviar la atención de las desigualdades concretas y convertir a grupos minoritarios en responsables de una crisis moral imaginada.

Por eso esta discusión rebasa el significado de una palabra. Cuando los derechos de mujeres y personas LGBTIQ+ son presentados como privilegios que amenazan a la mayoría, se debilita una idea básica de la democracia: que la dignidad y la protección no dependen de pertenecer al grupo dominante.

Nombrar la operación para recuperar el debate

Frente a la consigna, la respuesta no debería limitarse a decir que la “ideología de género” no existe. Es necesario mostrar cómo se construye y para qué sirve. La etiqueta homogeneiza debates diferentes, atribuye intenciones ocultas, moviliza miedo y presenta una concepción tradicional del orden social como si fuera neutral y natural.

También debemos volver a las preguntas concretas. ¿Qué contenido educativo se cuestiona? ¿Qué dice exactamente la ley? ¿Qué evidencia existe? ¿Qué derechos están en juego? ¿Quién se beneficia cuando una política de igualdad es retirada? Desarmar el paquete discursivo permite discutir cada asunto sin aceptar previamente la existencia de una conspiración.

La llamada “ideología de género” pretende que veamos un proyecto homogéneo destinado a borrar la biología, destruir la familia y controlar la infancia. Lo que existe es un campo plural que estudia las relaciones entre cuerpos, normas y poder, así como movimientos sociales que reclaman igualdad y protección frente a la violencia y la discriminación.

La pregunta verdaderamente crítica no es si el género constituye una ideología. La pregunta es qué desigualdades se vuelven intocables cuando se prohíbe analizarlas y por qué algunos proyectos políticos necesitan presentar la igualdad como una amenaza.

Referencias

Butler, J. (2024). Who’s afraid of gender? Farrar, Straus and Giroux.

Corredor, E. S. (2019). Unpacking “gender ideology” and the global right’s antigender countermovement. Signs, 44(3), 613–638. https://doi.org/10.1086/701171

Fairclough, N. (1992). Discourse and social change. Polity Press.

Graff, A., & Korolczuk, E. (2022). Anti-gender politics in the populist moment. Routledge.

Kuhar, R., & Paternotte, D. (Eds.). (2017). Anti-gender campaigns in Europe. Rowman & Littlefield International.

Organización Mundial de la Salud. (s. f.). Gender and health. https://www.who.int/health-topics/gender

Scott, J. W. (1986). Gender: A useful category of historical analysis. The American Historical Review, 91(5), 1053–1075.

Van Dijk, T. A. (1998). Ideology: A multidisciplinary approach. Sage.